Por Hernán Pacheco Puig

Recuerdo que hacía frío y que ya había caído la noche, que la brasa del canuto quemaba con la suficiente claridad como para constatar que estaba apurando demasiado lo que a fin de cuentas no es sino un vicio pasajeramente vano y fútil. Recuerdo que me movía con cierta urgencia por ir al encuentro, y creo que invariablemente retrasado. Una vez espeté a alguien que me interpelaba furibundo diciéndome que me había retrasado, soltándole con socarronería que yo sin embargo podía afirmar que todos los que habían llegado puntuales eran unos retrasados. No me equivocaba. Alguno se enfadó inexplicablemente, el interpelante calló rebajado en sus pretensiones, luego me enteré de que era un poeta sedicente aquí en Madrid, aunque no se qué relación tiene. No me oriento bien en esta ciudad de Madrid, camino siempre como si tuviera prisa, diría que bruscamente incluso, pasear tiene para mí aún cierto regusto a las palabras ignoto y desorientado. Acudo sin dudarlo a la llamada de los amigos y de ciertos consumos expositivos y bibliófilos, no diré que no me gusta hartarme y vagabundear y dejar que las cosas sucedan, que la vida muestre su capricho, pues en verdad que lo hace, y más en una ciudad como Madrid. Otro día os cuento alguna. El caso es que yo iba hacia el cine Doré, creo que ya por la calle Santa Isabel, aunque por ir absorto en mis pensamientos y con la vista de un lado a otro intentando descubrir los diferentes tags, stencils y grafitis recién florecidos, no puedo darlo por cierto hoy. También recuerdo, nítidamente, que pensaba que no podía decir que hubiera visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, ni hambrientas, ni histéricas, ni desnudas. Que no podía decir siquiera lo relevante o sorprendentemente destacable de un momento histórico como éste, aún no, pero que, ahora lo pienso, sin más, es histórico como todos los momentos, por lo demás, que se bañan en el tiempo y, por lo menos, histéricos momentos en que la miseria se conjuga con el mejor traje de fieltro y el coche regalado más caro, donde el resultado electoral pone nerviosos a los que creían ciegamente en la palabra perpetuo. Recuerdo que me decía que ya estaba bien. Que era lamentable, desde luego, que no pudiera, ni quizás debiera, afirmar cuántos de mi generación estudiaron pese a todo a Plotino, a Poe, al Ginsberg que inspiraba ese pensamiento, sus comienzos y entretelas, a San Juan de la Cruz, a Wittgenstein, a Nietzsche y que, sin embargo, no me costara mucho esfuerzo hallar a quien se hubiera drogado hasta el colapso en más de una ocasión, se hubiera peleado hasta dar con sus pies en el juzgado, o hubiera sido detenido por cualquier cosa relacionada con violencia, hurto, desacato, tenencia, posesión, deslucimiento en bien público o exceso de velocidad. Ahora revivo que no pude evitar pensar que es sólo media vida lo que así se halla, pues si como individuos no estamos exentos de nuestra personalidad única y original, esa misma que nos lleva impulsivamente a coleccionar experiencias que nos fortalezcan y enseñen, así sea a golpes, tampoco estamos libres de nuestras obligaciones colectivas que, por lo demás nos aquilatan como seres humanos haciéndonos personas o, por el contrario, nos hunden clasificándonos como infrahumanos, sub-hombres. No juzgo, entiéndaseme, (otro será el día de las apologías), no juzgo, insisto, los hábitos sino la media vida que se vive con esa vida, si somos quienes somos en tanto que vivimos realmente, no podemos olvidarnos de la otra vida, la que se expone al otro, la que vivimos “para” los demás, la que ponemos en común y que sin duda debemos reconducir, pues necesitamos salir del aislamiento que, a estas alturas suena más bien a asilamiento, a confinamiento. No sé, quizás se trate simplemente de eso, que no sé. Hoy continúo pensando que debemos unirnos, que debemos comenzar a pensar antes en el otro, pues el otro somos todos, dejar el egoísmo egotista, ser entonces todos UNO por pura necesidad, por culpa de este presente tanto y tan poco Fuenteovejuna.

Justo cuando meditaba con la mandíbula apretada esas mismas y exactas palabras, un murmullo me hizo alzar la cabeza y notar el frío que se siente cuando algo nos distrae de nuestro ensimismamiento entregándonos nuevamente a los brazos duros y fríos de la cotidianeidad, esa parte del presente que percibimos como lo exterior. He de decir que no sé si hay caso, y que finalmente alcancé la inconfundible fachada esgrafiada en rojo ocre y en blanco del Cine Doré. Podría decir que fui a reunirme con el grupo que ya divisaba entre risas y humo y que, por el brío entrelazado de su humo azul y blanco, me hacían ya aventurar que se trataba de marihuana, lo de que mi amigo Julián riera a grandes carcajadas fue también un indicio, lo sé, pero he dicho más arriba que “Podría decir”, no que vaya a hacerlo, por lo tanto no diré nada de todos los que nos reuníamos allí, ni que Julián y Manuela nos invitaban ya a entrar, pues uno había de presentar lo que, a fin de cuentas, no era sino gran parte de sus esfuerzos y neuronas, y otra, que era la gran anfitriona que se preocupaba de que cada uno de nosotros,-en su estado-, tuviera a bien sentarse sin molestar a la totalidad de los asistentes, incluidos aquéllos que ni siquiera habían conseguido asiento, (alguno hubo incluso que cedió caballerosamente un asiento y acabó arrepintiéndose).

He dicho que no iba a decir eso por la sencilla razón de que ni siquiera sé si fue así. Lo cierto es que lo primero que me encontré fue un piano al final de la sala, no se me ocurriría decir las butacas, no seáis estúpidos, ¿un piano? ¿qué demonios hacía ahí un piano? Acabé sentado al lado de una enamoradísima espectadora que en su furor al pánfilo de su novio dejaba entrever un cuerpo demasiado desaprovechado por ese imbécil y un muslo faldicorto que me hacía luchar con la tentación de girarme hacia ella y declararle mi más absoluta entrega y receptividad díscola y distante, no diré, aún por cierta, descaradamente interesada. Desgraciadamente, a mi derecha, resoplaba un gordo inmundo de pelo graso, nevados los hombros, y olor a sudor, a ropa demasiado usada y a tabaco puro, a oro en las muñecas y a dinero, probablemente a mucho dinero aún a pesar de las bolsas de plástico repletas de papeles y compras, con las que tanto se entretenía agitando y rebuscando ruidosamente con los codos sacados. Maldito impertinente, le salvó un ataque de tos y que ocupara su asiento vacío y aún caliente una señora distante y olorosa en una manera familiar y entonces indeterminable.

El piano comenzó su salto entre las teclas, las negras, para variar, en minoría. La sala a oscuras irradiando existencias con las que compartir un mismo lugar común, y no me refiero a la sala. No sabría explicar lo sorprendente que fue ver de repente la pantalla como una enorme ventana sobre la que la proyección vertía el mar del norte como una ola imparable, trayéndonos un ballenero noruego o sueco y una historia que me hizo olvidarme de Ginsberg. 

Ocurrió que la música nos fue llevando del amor a la venganza, de la venganza al destino, del destino a la constatación cierta de que esa palabra es la construcción de una suma de decisiones acertadas o no, pues no seré yo quién tome aquí partido. La vida, esta vez a 24 fotogramas por segundo, vino a demostrarnos una vez más que el único hombre original fue Adán, (por culpa de esto no diré que la cita es de Dickens), ni siquiera puedo acudir ahora a la memoria para presentaros el título, no ya el argumento, más allá del poso extraño que me dejó el visionado de una película de la que sólo puedo decir que me pareció tan actual como los conflictos sempiternos de las grandes tragedias griegas, pues era del tipo de obra que habla a todos y cada uno de sus receptores individualmente, pues tanto toca el fuero interno y los devaneos y dudas con que venimos al mundo desde que el mundo es mundo y desde que el hombre tuvo a bien llamarse hombre. A estas alturas ya entreveo mis rodeos y ya sé que no seré capaz de ser más preciso, ni siquiera ahora que escribo distante y sobrio. Quizás porque sobriedad no es lucidez y porque la luz, sí, la misma luz que me permite ser pintor, se vertía esta vez sobre una pantalla que, entonces, ahora lo recuerdo, representaba para mí el fondo de la caverna platónica, que en dura lucha escupía nuevamente que estamos enfermos. Sólo pude evadirme una vez más como hoy aquí desde la caverna, y como hoy, entonces, vino la voz nuevamente a hablarme de lo que no soy, así, un último pensamiento que no entiendo: “en el día en que ningún gobernante es bueno, cualquier hora es una hora muerta, así llora arrodillada la vergüenza su destierro en los hondos abismos donde restallan las hondas, en la larga noche perfumada de muerte que se marchita y en el confín último de su hondura”.


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