Por José María Ruiz

Sigo mi camino, no el Camino. Camino de fotogramas, fotogramas en vena buscando la pureza de la proyección, camino angosto. Pasión, luces y sombras (sombras perpetuas), bruma, dame veneno que de celuloide muero. Sigo mi camino.

La primera imagen que renace en mi memoria al escribir de En el límite del amor, de John Maybury, es el rostro iluminado de Keira Knightley cantando, la cámara retrocede, se ve cómo domina el escenario, la cámara retrocede para situarnos en la dura realidad de la Inglaterra, bombardeada, el concierto tiene lugar en una estación de Metro (plano general). He aquí planteada la grandeza de la mentira, la puesta en escena. He aquí unos ojos que nos van a mostrar una historia verídica (el intento de asesinato al poeta galés Dylan Thomas) con la magia de la ficción, ficcionar la realidad, crear una mirada enorgullece la creación, ante la plausible monotonía del estar surge el montaje analítico del ser (uno se retrotrae al duelo en el O.K. Corral). Estos ojos hablan de la fuerza de la mujer frente a la cabeza imaginativa del hombre, de la personalidad frente al desarraigo. Una muy cuidada ambientación (los ingleses son unos maestros) y una correcta realización (que bien podría haberse ahorrado sus escenas bélicas, ya que forman unos insertos impostados que rechinan) hacen de esta película una bella balada.

Acantilado rojo, de John Woo, también retrotrae a la realidad (año 208 a.C.) para crear una ficción de superproducción de samuráis. El inicio es un aterrador sostenido, una violencia estática y estética, una coacción a la personalidad de un monarca imberbe para que declare la guerra. Dado el paso ya todo es un no parar, la odisea se desata. Las cámaras bailan, se agitan, se revuelcan, vuelan, su movimiento es constante para mostrar la fastuosidad de las batallas, unas batallas que no tienen fin y acaban por agotar al espectador al no darle espacio para el reposo. Una calma que bien hubiese llegado si viésemos el metraje completo de la película (nos falta una hora) porque ahí debían estar los momentos de transición y el desarrollo de las relaciones entre los personajes. Magnífica puesta en escena donde destaca la elaborada creación de la estrategia de guerra (toda una obra de ingeniería).

Ajustar cuentas con la historia es la propuesta de Ciudad de vida y muerte, de Lu Chuan. Un escalofriante retrato en blanco y negro muestra la ocupación de Nanking (1937) por las tropas japonesas. El cine bélico aquí termina pronto porque comienza con el último reducto de resistencia, mas esta batalla posee un pulso narrativo extraordinario (que no se perderá a lo largo de toda la película) y una crudeza que apabulla. A partir de aquí surge el infierno de la ocupación, la angustia, el desasosiego, el no poder apartar la mirada, el enfermar… He aquí una película “de miedo”, el terror en estado puro, zombis llenos de humanidad y seres humanos desprovistos de humanidad. Un escenario de holocausto, un mundo sin oxígeno. Un cine de calidad.

Llega el rótulo de “basada en hechos reales” con la película Medidas extraordinarias, de Tom Vaugham, donde Harrison Ford (productor y actor) deambula con una ramplonería que espanta. No nos engañemos, estamos ante un típico producto de estrenos TV aburrido y sin personalidad narrativa. Qué bien vendría aquí ese otro rótulo de “basado libremente en hechos reales” y así meterle ironía, darle un toque picante, una descarga eléctrica de sarcasmo y su dosis de emoción. Muchas veces ser fiel a la realidad es mancillar la mentira del cine.

Utilizar la mentira de los medios técnicos de la ficción del cine para descubrir la verdad documentada es The cove, de Louis Psihoyos. El género del espionaje, del thriller, de la denuncia social acapara este documental sobre el doctor Jekyll y mister Hyde, esa cara abierta llena de luz y color que oculta un recoveco lleno de podredumbre (el terror también está presente). Historia de amables delfines, de pueblo encantador (Taiji, Japón) donde se encuentra la cueva más oscura de la realidad: La declaración de guerra.

Lluís Miñarro lleva a cabo un retrato de su familia en Familystrip, un sencillo (en su realización) documental cuyo ejercicio de memoria histórica rebosa vitalidad. La puesta en escena es simple: Un pintor lleva a cabo un cuadro de Miñarro y sus padres, mientras las pinceladas acarician el lienzo los modelos diseccionan su vida. Un retablo lleno de armonía y realismo mágico, una miniatura de porcelana.

De la mano de Félix Fernández de Castro acudimos a conocer la vida de María Gallardo en el documental María y yo. Acercamiento al mundo del autismo con una mirada llena de ternura y humor, no intenta ser aleccionadora ni sentar cátedra, sino que transmite la pureza de la relación paterno-filial y la riqueza de la comunicación. Una película que se debe mirar para ver, acércate con libertad y elimina prejuicios. Aquí no hay drama, hay vida.

De la realidad y de la ficción es el último trabajo de Roman Polanski (El escritor). Ex primer ministro inglés, precursor de la guerra de Irak y que da conferencias en Usa tiene el nombre propio de Adam Lang (Pierce Brosnan) contrata a un “negro” para que escriba sus memorias. El escritor tiende a leer el mundo entrelíneas, la mirada que lanza nunca es inocente y el olfato se pregunta porqué todo está tan limpio. Surge la catarsis, la investigación conllevará la persecución… Cine de género, cine de altura, cine inquietante.

La literatura nórdica es la gran protagonista de la Feria del Libro y sobremanera su novela negra. Dos ejemplos de ella han llegado a la gran pantalla: La reina en el palacio de las corrientes, de Daniel Alfredson, lleva el punto final a la saga Millenium y lo deja todo cerrado y bien cerrado, tan cerrado que Alfredson no se sale del guión y desganado conduce con aburrimiento unos peones ya agotados y sin ápice de personalidad, el resultado es plano. El director Leif Lindblom lleva a cabo la puesta en escena de Aurora boreal, y al verla sientes el deseo de leer la novela, quizá porque elucubras que allí ahondarías más en la turbiedad, como que las relaciones entre los personajes tienen mayor consistencia, la película apunta y formalmente es correcta a la hora de abrir puertas al hermetismo de una congregación religiosa, cabría añadir una sensación de laconismo y un volcán sentimental en trances de erupción. En definitiva, la película está bien, sin más.

Sin los oropeles anteriores se presentó Reykiavik-Rotterdam, de Oskar Jónasson, notable muestra de thriller, donde no falta la pasión y el engaño, la amistad y la violencia, un viaje que acabará con los vestigios de la inocencia, una huída que no tiene fin y presentado con una frialdad que incomoda. Buen cine negro nórdico lleno de contrabando, lleno de amargura.

Arduo se ha hecho llegar al cine español de ficción, mas merece la pena descubrir la capacidad narrativa de Sebastián Cordero en Rabia, la elegancia de los movimientos de cámara sobre ese caserón lleno de psicosis y con arrebatos de frenesí, los claros-oscuros de la mente se perciben ante una inocente broma, ponte en guardia porque nace la intranquilidad. Creo no equivocarme al escribir que estoy ante la mejor película en lo que va de año (mayo 2010) de la cinematografía española, un crepuscular retrato de familia cuyo rayo de luz es la criada inmigrante, una naturaleza muerta y unos ojos que vigilan, una orquesta de cámara que no desafina.

La vuelta de Julio Medem con Habitación en Roma me provoca un desasosiego interno porque me encuentro ante el sí y el no, es decir, la película está llena de altibajos: Me gusta el inicio donde la cámara se asoma al balcón para danzar por la habitación (escenario único de la película) y encuadrar a las protagonistas a su entrada; no me gusta los roles de la vestimenta; me gusta la metáfora de la pequeñez del mundo (el universo de la habitación); no me gusta cómo está filmado el primer beso; me gusta la transformación; no me importa la desnudez, pero que no le saque partido al erotismo repatea; me gustan las historias narradas; no me gusta el flechazo de cupido. Es un desequilibrio con el que me siento incómodo. Es una delicia ver a Elena Anaya.

La casa es el dominio de La nana, obra de Sebastián Silva, que entroniza el milagro del renacer, la planta mustia y agria será rosa de primavera. Catalina Saavedra mata con la mirada, lanza fuego con su silencio y asfixia de terror al invasor, mas no contará con el poder purificador de la risa desnuda, porque de estar enterrada en vida entre cuatro paredes encontrará la Palabra de la libertad sin incurrir en el vértigo.

Canino, de Yorgos Lanthimos, muestra la casa (finca) como el último refugio purificador, una huída del mundo exterior, la creación de un nuevo lenguaje. Planos estáticos, ausencia de música, jugando con el fuera de campo, matando el sentido del humor. Pieza de antiguo cine de arte y ensayo que ve en la salvación la castración y crea ley del engaño. Cine que intenta perturbar, cine a contracorriente. Uno no debe impregnarse ante la belleza lumínica porque la negritud es total.

El pequeño Nicolás, de Laurent Tirard, es la gran propuesta de cine de ciencia-ficción de esta temporada, pues he aquí la visualización del espíritu de Sempé y Goscinny, un viaje a la inocencia, un viaje al mundo de la fábula, un mundo donde se rescata la palabra “travesura”. La película es todo un decorado lleno de vivos colores, una fantasía intergaláctica. Una película que amarán grandes y chicos, mas la juventud que acaba de perder la magia de la vida se sentirá acorralado ante este universo burbujeante y tienda a huir ante la incomprensión.

Sigo mi camino, no el Camino. El camino de la ficción depara una realidad bajo el prisma de la lente. Preciso el camino no trillado, deambular por las calles, perderme, caminar sin descansar porque toda senda puede ser un edén. Sigo mi camino.



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