Por Jaime Matamoros

Señalo unas citas de libros misceláneos –una entrevista y dos recopilaciones de artículos- de Miguel Delibes (Valladolid, 1920) que tienen que ver con las adaptaciones de su obra al cine o al teatro. En algún caso, la cita va precedida de un breve texto indicativo. En su colaboración con “El Norte de Castilla”, Delibes, que empezó publicando caricaturas, ha confesado que, entre las distintas labores que llevara a cabo como redactor, hizo de crítico cinematográfico ocasional. Una labor humilde, que sólo pretendía orientar al lector sobre la oferta de la cartelera semanal. Más tarde, su obra de creación novelística ha sido traducida al cine en distintas ocasiones, de las que aquí se nombran algunas.


Espectador

“No puedo ocultar la importancia que el cine ha tenido en mi vida. Como espectador me inicié a los seis años en el cine Hispania de Valladolid, todavía mudo, donde semanalmente se proyectaban películas apropiadas para niños. Esta costumbre de frecuentar las salas de cine la conservo de viejo pese al empeño de la televisión por meternos el invento en casa. El cine, película aparte, es magia y uno necesita penumbra, compañía discreta, sombras silenciosas en derredor, y un timbre nervioso anunciando la proyección para ser seducido. Todo lo que no sea eso es puro sucedáneo.” (¿Un hombre de cine?, He dicho, Destino, 1996)


Pájaros

La infancia es motivo recurrente en sus novelas, vista con ojos de niño. “Me gustaba ir detrás de él [de su padre], pero me cansaba enseguida y entonces me quedaba, con mis hermanos, junto al coche, a orillas de un pozo que había en medio del sardón, cerca de un abrevadero de ovejas. Allí, alrededor del coche, jugábamos a la pelota y le esperábamos mientras que él cazaba. Recuerdo haber visto entonces mis primeras ardillas, mis primeros cuervos. Los primeros contactos con los pájaros datan de ésa época.” (Cinco horas con Miguel Delibes, J. Goñi, Anjana, 1985)


Personajes

Novela, teatro o cine usan lenguajes distintos. Aún trabajando sobre una misma historia, los resultados cambian por la diferente naturaleza del soporte. Así, los personajes leídos son imaginados, mientras que los personajes vistos en la pantalla o en el escenario presentan una figura, el cuerpo de la actriz o actor, su voz, su semblante y presencia. “¿Qué siente un narrador cuando ve que los personajes que él creó para animar una novela, y que únicamente existían en su imaginación, se levantan y toman cuerpo real en una película o una obra teatral basada en aquélla? (...) Este hecho [que el actor sea un entrometido entre personaje y autor], sin embargo, deja de tener sentido cuando el actor se identifica con el personaje y hace de él una creación. En ese caso se va operando en la cabeza del autor un proceso de subrogación, la figura del actor se agiganta en tanto la imagen ficticia del personaje se va desvaneciendo poco a poco. A estas alturas resulta indiferente que el actor sea más alto o más bajo que el modelo, su actuación va configurando a un ser humano que apenas tenía una borrosa existencia en la mente del autor, y, si su interpretación es sobresaliente, la suplantación será todavía más rápida y eficaz. No sólo la imagen del figurante terminará desplazando al ente imaginado sino el autor aceptando que el difuminado personaje imaginado ha desaparecido para convertirse en un ser de carne y hueso: el actor que tiene ante sus ojos. Un curioso fenómeno de subrogación que yo he vivido repetidas veces en el teatro y en el cine hasta el punto de que hoy no puedo recrear el físico de alguno de mis personajes novelescos sin recurrir a la imagen de la actriz o el actor que los encarnaron. Digamos, para entendernos, Lola Herrera como Carmen Sotillo o Paco Rabal como el señor Cayo.” (La suplantación, He dicho, Destino, 1996)


Campesinos

Los castellanos protagonizan algunos relatos de Delibes, muchos son campesinos a los que el progreso tecnológico, y sus cambios sociales, se les viene encima. “A mí los campesinos castellanos, con sus virtudes y sus defectos, me han enseñado mucho, aunque es cierto que yo he preferido mostrar sus virtudes: su propensión a la racionalidad, a la reflexión, al laconismo, a no hablar por hablar, sino pensando lo que dicen; su conocimiento de lo que se traen entre manos, la conformidad con su destino, cosa ésta que va desapareciendo en las últimas generaciones... En cuanto a lo que yo he hecho por ellos es muy poco, retratarlos, reflejar las angustias de su vida y en cierto modo darles una proyección que antes no tenían. Porque la del 98 fue una generación de estetas más que de sociólogos.” (Cinco horas con..., Javier Goñi, Anjana, 1985)


El Barbas

El Barbas fue compañero de caza de Miguel Delibes. Hombre noble y rústico, en el imaginario del novelista ocupaba el rol del sabio de aldea, el que conoce misterios de la naturaleza por tradición oral. Su huella puede apreciarse en algunas de sus criaturas imaginarias. “El Barbas decía que el hombre que se esconde para hacer algo es que lo que hace no está bien hecho”, a propósito de las batidas (donde se trata de acercar al animal para encañonarle) como sustituto de la caza a ojeo (donde hay que ir en su busca). (Cinco horas con..., Javier Goñi, Anjana, 1985).


Escribir a mano

“No puedo escribir a máquina, me parece que las ideas no fluyen. Entre la cabeza y el papel no puedo interponer mecanismos extraños. Escribo a mano, con pluma estilográfica, procedimiento largo y penoso, porque la persona que me lo pasa a máquina no acaba de entender mi letra y ello me obliga a copiarlo varias veces. Tal vez adelantaría más pasando yo el original a máquina y luego corrigiendo a partir de esa copia.” (Cinco horas con..., J. Goñi, Anjana, 1985)


Doblaje

El primer contacto con el mundo profesional del cine fue adaptador del guión de Doctor Zhivago. El guión original de Robert Bolt, basado en la novela de Borís Pasternak, ganó el Óscar al mejor guión adaptado en 1965. “Mi cometido era muy concreto: realizar una revisión de los diálogos que me eran entregados en bruto. La misión tenía dos vertientes: pulir aquellos de forma que, al ser trasladados al español, no perdieran eficacia ni eufonía, y ajustarlos estrictamente a los movimientos labiales de los protagonistas. A este respecto recuerdo que cuando, en la película en cuestión, un tren de prisioneros es trasladado a Siberia, uno de ellos se encara con el guardián y le increpa con una breve letanía de improperios, tres en concreto. Mi obligación, en este caso, consistía en introducir en siete sílabas tales improperios; y ante la dificultad de encontrar en castellano tres vocablos lo suficientemente expresivos y breves para meterlos en siete sílabas, los reduje a dos, muy sonoros y contundentes: lacayo y lameculos, vocablo este último un poco duro para la época, lo que motivó que mi vecina de butaca, el día del estreno de la película en Valladolid, se volviese sorprendida a su acompañante y le dijera: ¡Qué gracia! ¿Te has fijado?, también dicen lameculos en Rusia.” (Experiencias cinematográficas, He dicho, Destino, 1996)


Un día de extra

“(...) Nadie conocía el argumento de la película. Únicamente sabíamos que, en San Gregorio, se filmaba un abigarrado carnaval de época, donde entre carpinteros, decoradores, electricistas y tramoyistas, nos movíamos tres centenares de comparsas, las mujeres con vestidos largos y antifaces y los hombres con caprichosos atuendos y enmascarados. (...) Vestido con pantalón gris de franela, chaleco negro y chaqueta de pana (media docena de cigarros habanos asomando por el bolsillo superior) fumaba todo el tiempo, enrollaba y desenrollaba nerviosamente un gran cuaderno blanco abarquillado, sin duda el guión de la película. Aquel hombre que, bajo un físico rudo, recataba una sutil sensibilidad, irritado con la comparsería, levantaba el noble trasero de la jamuga, gritaba, volvía a sentarse, gesticulaba y, ajeno al idioma de la masa, echaba mano de un megáfono verde y los muros de San Gregorio se estremecían bajo sus voces furibundas. (...) Y nuestra gran decepción de figurantes, al comprobar, meses después, en el estreno de la película, que ni nosotros, ni las escenas de Bob Arden, ni las del baile de máscaras, ni la escalinata, ni siquiera la fachada de San Gregorio, tenían sitio en la película. Orson Welles las había suprimido. Para él no contaba el desembolso sino la estética, aunque justo es reconocer que, ni aun eliminada nuestra anárquica aportación, contribuyó Mr. Arkadin a aumentar la gloria de aquel excepcional taumaturgo.” (de Yo trabajé a las órdenes de Orson Welles, Pegar la hebra, Miguel Delibes, Destino, 1990)


El camino (1963)

Tercera novela de Miguel Delibes. 1950. Su perfección formal despistó a cierta parte de la crítica, que se apresuró a denunciar un supuesto plagio de una obra de John Steinbeck, El pony rojo (“The Red Pony”, 1933). Más tarde, Delibes confesó que aún no había leído ése relato cuando escribió la historia de Daniel “El Mochuelo”, Germán “El Tiñoso” y Roque “El Moñigo”. Su primera adaptación al celuloide. “En este sentido mi primera vivencia fue El Camino, película rodada por Ana Mariscal en el pueblecito abulense de Candeleda. Recuerdo que ya entonces me sorprendió tanto la lentitud del proceso creador como que el argumento no se rodase linealmente, es decir, de principio a fin, sino fragmentado, sin ninguna lógica, filmando antes, pongo por caso, la muerte de un niño que sus travesuras. Recuerdo, también, que los pequeños protagonistas se cansaban de la morosidad del rodaje, de forma que cuando Ana Mariscal inició la toma de la escena en que Daniel, el Mochuelo, deposita un tordo entre las manos muertas de su amigo Germán, El Tiñoso, éste se había dormido profundamente en el ataúd, hecho que impresionó mucho a su madre, allí presente, pero que en punto a naturalidad facilitó extraordinariamente las cosas.” (Experiencias cinematográficas, He dicho, Destino, 1996)


La guerra de papá (1977)

Antonio Mercero adaptó El príncipe destronado en 1977. Miguel Delibes ha puesto por escrito su sorpresa ante cómo el director había logrado que el niño interpretara con naturalidad, y sin aparente dificultad, el papel de Quico. “En el rodaje de La guerra de papá, Lolo García no trabajaba, jugaba. El admirable quehacer de Mercero estribaba en eso: en dar apariencia lúdica a lo que, una vez montado, habría de tener una finalidad seria.” (Experiencias cinematográficas, He dicho, Destino, 1996)


Los santos inocentes (1984)

La prosa de Delibes tiene estilo, fácilmente apreciable, aparentemente sencillo. Una prosa transparente y lisa, con aliento poético, oído para el habla popular. “-¿Desde el principio Los santos inocentes iba a ser una especie de poema en prosa? –Sí, porque ya desde el primer capítulo, que tiene una antigüedad de 15 o 17 años, estaba concebido así. –Parece una larga cantata. –Claro, claro, es lo que he pretendido. -¿No has escrito nunca poesía? –Nunca. -¿Ni de joven? –Ni entonces. Hay una razón que tal vez te interese: no he escrito nunca poesía por Jorge Guillén. Leer Cántico, de Guillén, me llevó a ver en la poesía un aquilatamiento tal de la palabra que yo no me sentía capaz de alcanzar. En una novela puedes tropezar en muchas palabras sin que el relato se resienta, pero en un poema eso es inconcebible. Yerras en una palabra y descarrila todo el poema. Ese temor a la responsabilidad de encontrar siempre la palabra justa me hizo pensar que no serviría jamás para la poesía. Hay otra poesía, la torrencial de Neruda, que es otra cosa, pero a mí la que me impresionó fue la de Jorge Guillén, su exactitud, su magistral utilización del idioma. Si yo tuve alguna vez la tentación de hacer poesía, despareció tras la lectura de Guillén.” (Cinco horas con..., Javier Goñi, Anjana, 1985)


El señor Cayo/ Rabal

“(...) En El disputado voto..., el señor Cayo es el eje, y Giménez Rico le trata como a tal, recoge la cámara, y durante muchos minutos del filme la historia se refleja en los ojos del actor. Es a través de sus pupilas como llega a la sala. He aquí la prueba de fuego para el actor de cine. Rabal es poco expresivo cuando cava la tierra, gesticula o extrae reteles del río. El actor muestra en esas actividades esa especie de gravidez espesa que distingue sus movimientos y que, tratándose de un viejo campesino, le va muy bien. Pero con lo que Rabal comunica el apego a la tierra del señor Cayo, su humanidad profunda, su orgullo, su soledad, es con los ojos, en los primeros planos, de los que tan frecuentemente echa mano el director. Así, no es fácil olvidar la expresión de Rabal en la larga secuencia en que relata la historia del Paulino y, sobre todo, su mirada cuando responde al torpe ofrecimiento de los políticos: “Pero yo no soy pobre”. En ese momento, además de asombro, esos ojos denotan perplejidad, humillación, incredulidad, rebeldía... En suma, se trata de una mirada polivalente, la mirada de un gran actor de primeros planos –eso es Rabal- o, lo que viene a ser lo mismo, de un gran actor cinematográfico.” (de La mirada de un actor, Pegar la hebra, Miguel Delibes, Destino, 1990)


De tres en tres

En su obra completa, Miguel Delibes, como también tenía por costumbre hacer Pío Bajora con las suyas, agrupa las novelas de tres en tres. La trilogía del campo, compuesta por El camino, Las ratas, Los santos inocentes. La trilogía de la ciudad: La hoja roja, Mi idolatrado hijo Sisí, El príncipe destronado. Y la trilogía del encuentro entre el campo y la ciudad: El disputado voto del señor Cayo, Cartas de amor de un sexuagenario voluptuoso, El tesoro.


Guionistas

Le pregunta el periodista Javier Goñi: “¿Intervienes siempre en los guiones?”. Y Miguel Delibes responde: “Sí, en todos, pero no para modificarlos sustancialmente.” En las adaptaciones a la pantalla de sus novelas, Delibes firma como co-guionista. Sobre los argumentos de sus obras de ficción han trabajado en la escritura de los guiones Ana Mariscal (El Camino), José Zamit (El Camino), Antonio Giménez-Rico (Retrato de familia, El disputado voto del señor Cayo, Las ratas), José Sámano (Retrato de familia), Antonio Mercero (La guerra de papá, El tesoro), Horacio Valcárcel (La guerra de papá, El tesoro), Mario Camus (Los santos inocentes), Antonio Larreta (Los santos inocentes), Manolo Matji (Los santos inocentes, El disputado voto del señor Cayo ), José Luis Garci (El tesoro), Luis Alcoriza (La sombra del ciprés es alargada), Rafael Azcona (Una pareja perfecta, adaptación de la novela Diario de un jubilado). Le pregunta Javier Goñi: “¿El cine da dinero al autor de la novela?”. Responde Delibes: “Relativamente, depende del contrato que hagas. Si lo haces por un tanto fijo, son unas pesetas contadas, nunca demasiadas. Y si la película va bien, el que gana dinero es el productor. El de El príncipe destronado, que en el cine se llamó La guerra de papá, se ha embolsado un montón de millones y sigue embolsándose más, ahora con el vídeo, que yo no sé hasta qué punto esto es lícito, pero no tengo tiempo de pleitear.”


1 imagen y 1.000 palabras

“Hay un dicho publicitario que afirma que una imagen vale más que mil palabras, cálculo un poco exagerado desde el momento en que una novela –incluso las de más breve paginación- para que quepa en una película de metraje normal, ha de ser podada previamente. La expresividad de una imagen, que puede ser mucha, es inevitablemente limitada. El dicho en cuestión puede ser válido en la descripción, es decir, el escritor tendría que acumular muchos adjetivos para describir una escena inerte que la plástica resolvería con una sola fotografía, pero en el aspecto narrativo carece de sentido. La imagen muerta, la fotografía, puede representar con fidelidad un lugar, pero si no la encadenamos a otras imágenes, no refiere nada, todo lo más podrá sugerir algo, cosa que también puede hacer el escritor con muchas menos de mil palabras (...).” (De Novela y cine, Pegar la hebra, Miguel Delibes, Destino, 1990)


Cinematografía

- El Camino (1963), Ana Mariscal
- Retrato de familia (1976), Antonio Giménez Rico
- La guerra de papá (1977), Antonio Mercero
- Los santos inocentes (1984), Mario Camus
- El disputado voto del señor Cayo (1986), Antonio Giménez Rico
- El tesoro (1990), Antonio Mercero
- Las ratas (1998), Antonio Giménez Rico
- Una pareja perfecta (1998), Francesc Betriú


Bibliografía

- Miguel Delibes, He dicho, Destino, 1996
- Miguel Delibes, Pegar la hebra, Miguel Delibes, Destino, 1990
- Javier Goñi, Cinco horas con Miguel Delibes, Javier Goñi, Anjana Ed, 1985



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