

Brisa que apenas si toca. Duda perenne que se arrastra, que renquea en el día a día. Los pasos vagos en el pasillo del olvido. Días como tejas en un techo derruido, la casa cosida por la luz, entelada de polvo, pintada de abandono. El silencio apenas como todo vestigio. En el fuego, el hogar extinto hecho cadáver en el carbón, las huellas esculpidas e inhabitadas. Apenas sí somos o hemos sido. El exterior se muestra opaco. Es turbia la enramada, la maraña de vida ajena que no palpita al unísono. Nada queda de las mañanas frías y límpidas de abril. Los campos sin deshielo vienen a escribir ahora en amarillo. No son sólo los abejarucos los que portan que vamos perdiendo. Dura tanto la pena, la insatisfacción, que ya no parece nuestra. Es la pura herrumbre la que nos sostiene. Nos guían los sin-cabezas y los cuatro-manos en este día a día retroalimentado y monotemático. Manan los versos viscosos y macilentos, moribundos, morimundos, demi-mudos, desnudos, descarnados. El campo; descampado. La ciudad maldita que la soledad construye. El hombre vuelto barro y ceniza. El amor que nada preconiza, impotente en la frontera sin visado. La luna que fagocita lo que bajo el sol se abrasa en su turno milenario y femenino. El hombre asombra al hombre. Danzan crueles los corderos el baile frenético de los asesinos. La ciudad estabulada impide la huida. Ya somos cuarenta y seis millones de cadáveres arrinconados en el fondo de la caverna donde el amor no habita. Entonces, allí, sólo un rumor y un eco: “yo”, “YO”, “Yo”, yo…
Abruptamente alguien grita:
-- Hondas honduras convergen en el abismo, en los hondos abismos donde restallan las hondas y entrechocan los cadáveres salpicando de ecos las honduras, en la larga noche perfumada de muerte que se marchita. De ordenado el odio o el silencio atenazado, afrenta de rabia al desordenado caos del ruido desordenado. No llega la luz a esta caverna, ni reptan, por lo tanto, las sombras por entre los huesos. Giran giróvagos mientras tanto los buitres negros. Son las ocho y cuarto o las tres y media, así corren los regueros; Péndulo son en un calendario relleno, cualquier hora es una hora muerta en estos días en que las botas y los ladridos resuenan en las cabezas abiertas o en cualquier tipo de herida; en el día en que ningún gobernante es bueno, llora arrodillada la vergüenza su destierro, en el confín último de su hondura--
Salir sin embargo y de repente, ver el mundo destemplado, pisar los mismos caminos, hollar lo ya hollado, ser carne de destierro, ir dejando recuerdos por los recovecos que no verán la luz de nuevo, intentar rescatar lo que se escurre por entre las manos, las mismas manos que tantas veces patrullaran tu frontera teniendo por vanguardia una simple sombra chinesca.
¿Cómo salir a la calle y permanecer indemne pese a todo, si el hombre sólo gira y gira sobre una rueda? [Oh Fortuna velut luna, statu variabilis, Samper crescis aut decrescis (…)] ¿Cómo no ir en barco a uno y otro lado, allí donde los poetas son marineros alemanes enamorados de la bella hetaira Friné, allí donde la bruma estiba “Corazón coraza” en la lengua de Goethe?
Ahora que el tiempo se solidifica y me hace ver cuántas veces no acierto a lo largo de los años que, dando saltos, he ido soterrando una y otra vez con denuedo. ¿realmente importa la belleza de la muerte, que ésta esté enamorada de Benedetti y sola, y no quiera que la quieran? ¿Qué la mar lama sus pies en la fuga por la playa del olvido, ocaso de un cuadro que no está en venta, ventana de unos días que hace ya mucho fueron vendidos?
Aquí mientras tanto el frío, quizás las horas perdidas con su visión fantasma, golpearse con todas las paredes de un enorme pasillo, hundir los pies de barro en agua e ir deambulando entretanto gritando: NO EXISTO, NO EXISTO, NO EXISTO. Como todo pensamiento el frío. No es una manta el futuro, nada es, nada habrá de ser: Vela que se apaga justo cuando ilumina. Tras tanto, gritar palabras de barro, lo pies torcidos y conteniendo el hipo, deambular la galería como un fantasma golpeado y perdido. Llorar con el dulccisime de Gúndula Janowitz, volar loco por las cornisas con Goyeneche. (Sin más Juan Gelman, Mario Benedetti y Oliverio Girondo). No saber grabar en una pared dónde ha estado quién. Haber respetado todas las cortezas de los árboles descorazonados. El compás roto durante el paseo por un filo de cuchilla de plata. Colgando de una cuerda floja amanece tendida toda la ropa negra. Nada queda del pasado en el presente a más de la sombra azul. El frío que asoma nuevamente. Es blanco el hálito militar. Las manos no recaban nada cálido, el silencio se exhibe hasta el puñetazo. Los sesos solos desparramados por sólo ciento veintisiete minutos, sólo veintisiete.
Voy a volverla a ver.
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