

En este tiempo en el que los valores de la sociedad occidental se recogen bajo el nombre de una doctrina económica, capitalismo, y todos y cada uno de los ámbitos de esta sociedad se miran bajo el uniforme cristal de la rentabilidad, es comprensible que la etiqueta “cultura” se asocie con la feria del libro, los nuevos soportes tecnológicos para audiovisuales, la piratería y los desmanes por parte de la SGAE. Cuando esa falacia llamada libre mercado sigue enarbolándose a pesar de tener sobradas pruebas de que el mercado es de todo menos libre, y la globalización llega en forma de potentes multinacionales que se organizan en oligopolios, es natural que el pueblo piense en los descuentos de la FNAC y en el último precio record que se pagó por una pintura en la última subasta de Sothebys. En un mundo, en fin, en el que ni los gobernantes ni su pueblo soberano son capaces de someter los intereses económicos a una relación armónica, ni con la propia sociedad ni con el medio que le rodea, es lógico que la cultura sea reconocida como algo material, objeto de posesión, de intercambio comercial y de especulación.
Lo que hemos olvidado es que, según la RAE, la palabra cultura, en su acepción originaria significa cuidado, en su segunda acepción se refiere al afinamiento de los conocimientos y capacidades de cada individuo, y en su tercera acepción hace referencia al conjunto de vida y costumbres, conocimientos, grados de desarrollo artístico, científico, industrial, etc., que caracteriza una época o grupo social. Es decir, que para un individuo la cultura es una parte de su personalidad, pero para la sociedad la cultura es la propia personalidad; y que, para ambos, la cultura empieza por un cuidado.
Por eso, cuando la cultura se lleva a la lonja para mercadear con ella, no se lleva algo material, sino pedazos de historia repletos de tiempo, gentes, costumbres y memorias. ¿Y con qué se paga esto? Pues con una nueva cultura, nuevos tiempos, nuevas gentes, nuevas costumbres y nuevas memorias. Se cambia pues lo que era propio, tan sólo por una cuestión de usufructo, por otra cosa, que les pertenecía a otros por la misma cuestión. Y así es como podemos entender los auténticos intereses que hay tras la compraventa de cultura: nuevos mitos y nuevas costumbres para forjar nuevas ideas. Con esto se consiguen nuevas sociedades.
Por lo tanto, no hablamos de los diversos objetos que contienen o sirven de soporte a las diversas manifestaciones culturales, sino al propio contenido, la cultura, andamiaje que soporta la construcción social bajo cuyos usos vive cualquier individuo.
Y es a la luz de esa concepción de la palabra cultura, que surge entre las gentes que se dedican al cine en nuestro país el concepto de Excepción Cultural que, básicamente, propone una protección de los objetos culturales del sometimiento a las sacrosantas leyes del mercado. No se trata de asegurar la exhibición de un puñado de películas patrias, o de promover un nacionalismo cultural, sino de ser capaces de mantener unas señas de identidad que se sumen a otras y el evitar por todos los medios el establecimiento de un pensamiento único. Dicho así parece muy dramático, pero si reflexionamos unos momentos vemos que no va tan desencaminada la cosa: a nadie se le escapará que todos vivimos acorde a una serie de reglas y usos que conforman la ética de la sociedad en la que vivimos, y que se nos transmiten de forma particular a través de ámbitos diversos como la familia, la escuela, los amigos, o los compañeros de trabajo, y de forma general a través de los medios de comunicación y las distintas disciplinas artísticas. Es decir, que estamos condicionados por esa ética social y cualquiera de nuestros conocimientos y nociones morales y éticas procede de ella de una u otra forma. Esto explica, entre otras cosas, porqué la técnica el grabado en serie se creó para insuflar al analfabeto pueblo las ideas religiosas, o el mecenazgo que la iglesia prodigó a las artes plásticas en el medioevo para la glorificación de sus dogmas. También la sistemática censura de libros que las diversas élites de poder han practicado desde siempre.
¿Y el cine, que pasa con el cine? Afirmo que desde sus orígenes el séptimo de los artes se ha usado para propaganda y formación de los espectadores: primero nos enseñó que el mundo se divide en buenos y malos y, además, estableció perfectamente quienes eran unos y otros, que en la guerra sólo existían el honor y la valentía, que fumar era sensual, que cuando un hombre y una mujer se querían, se besaban y ya tenían hijos… luego, y según ha ido corriendo el tiempo, que había una cierta dualidad en el hombre, que la guerra era básicamente un acto brutal, que el ser humano nace de la cópula, que fumar es un vicio… y, en la actualidad, que las mujeres son iguales que los hombres, que existen los homosexuales y que los animales tienen alma. Ejemplos, tan solo, de cómo el cine traslada ciertos mensajes a la población influyendo en su comportamiento.
Pero, ¿con qué objeto? Pues en unas ocasiones para crear una sociedad de fieles creyentes, en otras de fieles soldados, en otras de fieles ciudadanos, en otras de fieles consumidores; según interese a la organización social del momento, aunque ese interés es decidido por unos pocos en función de sus propios intereses. En definitiva: por una cuestión de poder.
Entendiendo la cultura, pues, como un instrumento de poder sobre la población, como un flujo de información sobre hábitos y costumbres que condiciona, como la infraestructura del pensamiento individual, podemos entender que se quiera huir de ese pensamiento único, pues lo único que salva al individuo del poder es que éste no es absoluto sino fragmentado, y por ello se luche por unas manifestaciones culturales que puedan recoger alternativas, réplicas y críticas a la idea global.
Curiosamente, el mundo político que siempre negó el concepto de Excepción Cultural, ahora nos lega el de Diversidad Cultural, que es a lo que se llegaría en caso de aplicar el primero de los conceptos: otro juego de palabras que esconde el hecho de que se aspira a la diversidad cultural sin proteger la cultura, lo que equivale a decir que no se aspira a la diversidad cultural.
En el año 2004, la Asociación de Directores de Cine Español, ADIRCE, publicó un libro en el que cineastas de la talla de Víctor Erice, Gutiérrez Aragón o Icíar Bollaín entre otros, aportaban sus opiniones, investigaciones y experiencias sobre el tema, libro muy recomendable para el que quiera entender porqué apenas recordamos ya el castellano en favor de cualquier palabra inglesa, y que termina con una cita de Levi-Strauss: “Cada cultura se nutre de sus intercambios con otras culturas. Pero es necesario oponer alguna resistencia. Si no es así, rápidamente esa cultura dejaría de existir”
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