
Por José María Ruiz
La pasión. Quizá sea esta la palabra con que denominar lo ocurrido durante la celebración de la VII Muestra de Películas Recuperadas de la AAFE. Pasión desde dentro de la pantalla y pasión desde el patio de butacas: Unas películas apasionantes y unos espectadores apasionados. Una conjunción absolutamente mágica.
Abrir la presa, dejar fluir el agua libremente que sobre la barcaza viene ese hombre altivo que irrumpe descarnadamente en el remanso de una familia. Una fuerza arrebatadora depara Johan, de Mauritz Stiller, una obra donde la naturaleza pregona su sensualidad al son de la melodía del viento. De esta forma tan arrolladora se presentó Sombras Recobradas 2010, eran las 17,00 del 12 de octubre y el Círculo de Bellas Artes acogió a un público que se entregó con fervor al melodrama. Una película más que estimable.
La segunda película del día concitaba la sesión de apertura de la muestra, y allí se produjo el acto emotivo del recuerdo, el homenaje a quien fue la encarnación viva del espectador de cine, a la persona que veía todo lo que se estrenaba, profesando amor al cine a lo largo de sesenta años, un ser extraordinario que no tuvo deseos de ser director, ni guionista, ni hacer nada relacionado con el cine, su deseo y pasión era ver cine, él nunca quiso ser protagonista y seguro que ante esta muestra de cariño en voz alta hubiese enrojecido: Luis Mansera, miembro fundador de la Asociación de Amigos de Filmoteca Española, nos dijo adiós en septiembre, el cine ha perdido a su más fiel seguidor, el cine ha perdido a el Espectador (con mayúscula). Los aplausos cerraron este sentido homenaje dando paso a la proyección de Amor de perdiçao (1921), de Georges Pallu, un ejemplo en toda regla de cine primitivo, la cámara estática y los intertítulos relatando la escena que íbamos a ver, demasiado reiterativa y llena de cartas que no había más remedio que leer en su totalidad, tres horas consagradas a la perdición por amor, el destino trágico, el amor prohibido, el morir de amor, la pasión.
La sorpresa grata, quizá por inesperada, resultó Mulheres da Beira (1921), la poética que plasma Rino Lupo es de una pureza descarnada donde la naturaleza se enfrenta al mundo civilizado y siempre la maldad civilizada es muy superior al natural salvajismo, así una rosa no germina en el asfalto del corazón, ¡Oh, María de la O!, ¡Oh, cine sin concesión! Y cómo es ese momento en que la monja expulsa a la muchacha (Brunilde Júdice) levantando el brazo y sin cambiar de plano está rezando en el reclinatorio de cara a la pared –que te adelantas a Godard— y dejas retratada la hipocresía en treinta segundos de séptimo arte. Naturalmente la naturaleza domesticada se despeña.
Ver esta joya de cine portugués ha sido posible gracias a la restauración: “Esta copia incluye materiales de primera y segunda generación (algunos fragmentos del negativo de cámara y una copia de nitrato con el entintado original) y, sobre todo, un material intermedio (inter-negativo) de los inicios de los años cuarenta, de aquella misma copia de nitrato. Tanto la copia como el inter-negativo presentaban problemas obvios de montaje (y algunas ligeras diferencias entre sí) resultantes de un remontaje posterior al estreno. Este remontaje supuso la eliminación de algunos intertítulos y la descolocación (y/o simple eliminación) de muchos planos y secuencias fuera de su posición narrativa lógica. El montaje de esta restauración pretende presentar una versión más aproximada a la copia estrenada en 1923: Fueron incluidos cinco planos nuevos (que vienen del negativo de la cámara subsistente) y se repuso el orden narrativo de todo el material existente. El entintado original se ha reproducido fotográficamente según el método Desmet. He aquí la orfebrería.
Otro diamante descubierto ha sido Gustaf Molander con la sangrante Ingmarsarvet y las dos caras de Förseglade läppar, así ésta serpentea por la inocencia que se ubica en un hogar miserable para respirar sobre la mentira de una “fecha por dentro”, superlativa escena de boda, mas la película sufre un brusco corte en su tramo final y el pulso narrativo y dramático decae para llegar a un final convencional; de obra maestra cabe calificar a La heredad de Ingmar, basada en la novela Jerusalem, de Selma Lagerlöf, donde deviene el enfrentamiento entre lo material y lo espiritual, y ello centrado en una hacienda (la casa de la tierra y la casa del cielo), ese bien que heredamos y debemos conservar, pero a qué precio, toda una lección de imágenes cautivadoras en un montaje contemporáneo, un pulso narrativo de enjundia, una catarata de sentimientos.
La sesión de clausura deparó un apasionado encuentro con la naturaleza, pues Den starkaste, de Alf Sjöberg, plasma las vicisitudes de los cazadores de focas en el océano Ártico, condimentado con la rivalidad amorosa sobre un lienzo de caballerosidad. Las reminiscencias a Flaherty y su Nanuk, el esquimal ocasionan una suerte de viaje a El mundo en sus manos, de Walsh, sobre un paisaje abrumador resaltado por un alarde de fotografía (Axel Lindblom). Toda una satisfacción para el espectador. En el camino la obra maestra de Stiller (Erotikon), llena de desinhibición y elegancia en el juego del amor, y la descarnada El monasterio de Sendomir, de Sjöström, donde la atmósfera tenebrosa concita a la penitencia del pecado al que se ha llegado sin remisión. La muestra ha sido un canto a la pasión por el cine, los espectadores han acudido con fervor quedando abrasados de emoción, toda una catarata de celuloide para enmarcar en el apaciguado lago del cinéfilo.
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