
Después de tres ediciones de Sombras Recobradas que han disfrutado de una fuerte presencia de películas, fechadas de 1913 a 1930, provenientes del praguense Národní Filmový Archiv (la AAFE da gracias mil en él a los señores Opela y Zima), cabe esbozar, con la efectiva apreciación en pantalla de las obras y con los datos históricos a los que se puede acudir, un pequeño e inicial balance (un mero y modesto bosquejo que proporcione pistas para posibles elaboraciones posteriores que con detallado abundamiento lo completen) acerca del cine que en el silente período abordado se hizo tanto en Checoslovaquia desde la independencia en 1918 como hasta entonces en los territorios del Imperio Austro-Húngaro que en tal año en ella se convertirían.
Sombras Recobradas ha permitido constatar algo que se presumía o que de forma indirecta se sabía, que es la existencia, en el decenio de los diez y, sobremanera, en el de los veinte del siglo pasado, de una cinematografía con estrellato propio, de aceptable solidez económica y empresarial, con buenas relaciones con el resto de la industria europea, con directores (no pocos) de indudable competencia (y en algunos casos de acusada personalidad) y con destellos (tampoco pocos) de alta expresividad, enorme sensibilidad dramática y plástica, convencido afán por reflejar la realidad (sin descartar las capas humildes, pobres y obreras de la población), provechosos resultados de taquilla y conexión con el público.
Las películas mencionadas en el presente artículo, dado que la mayoría no se estrenaron en España, figurarán por lo común nombradas con su título de distribución en origen y otro a continuación entre paréntesis que será simplemente la traducción lo más literal posible al castellano de ese título de procedencia (discúlpesenos como en los folletos-programa si omitimos parte de las tildes que la ortografía checa exige, debido a impedimentos e inadvertibles jugarretas de los duendes informáticos).
Antes de la institución de la república, incluso durante la difícil etapa de la Primera Guerra Mundial, había un número nada desdeñable de compañías de producción (la organización de verdad de ésta arranca en 1910 y desde 1921 se comienzan a construir en Praga-Vinoharády los primeros estudios de rodaje). De Max Urban, que en 1912 monta la sociedad Asum, vimos Konec milování (El final de los amores, 1913, codirigida con Otakar Stáfl) melodrama triangular no novedoso en lo temático pero de suntuosa escenografía modernista.
El humor siempre representó (al igual que hoy en día) una clara inclinación argumental, bien en su versión influida por Hollywood y el slapstick o bien en una versión más autóctona, en concreto en cierta línea que en literatura con posterioridad alumbraría a un escritor como Bohumil Hrabal, una peculiar tradición costumbrista apacible y no hiperbólica en la hilaridad, de levedad en la apariencia aunque en absoluto exenta de incisivas y jocosas observaciones (botones de muestra: Zlaté srdécko [Un pequeño corazón de oro, 1916, de Antonín Fencl, fundador de la casa Pragafilm], Nocní des [La pesadilla nocturna, 1914, de Jan A. Palous] y Prazstí adamité [Los adamitas de Praga, 1917, igualmente de Antonín Fencl]. De la vertiente de hollywoodense impregnación recordemos Chytte ho! (¡Atrápenlo!, 1924, de Karel Lamač, un cineasta muy amante de su profesión y de prolífica y eficacísima carrera, con más de cien películas en casi cuarenta años desde 1919).
Dentro de lo cómico refiramos por su curiosidad Ucitel orientalnich jazyku (El profesor de lenguas orientales, 1918, de Olga Rautenkranzová y Jan S. Kolár), comedia de equívocos narrada con la habitual frontalidad y afectación teatral que todavía domina en muchas de las realizaciones coetáneas, pero que se revela llamativamente incestuosa, pues escenifica la onírica fantasía de un embajador de puntiagudas barbas que de modo voluptuoso sueña con una danzarina turca que esconde a su disfrazada (disfrazada pero identificable y en verdad no disimulada) hija, una casadera hija enamorada del docente idiomático del título.
Otras fuentes de inspiración que hay que reseñar son las épocas pretéritas (Stavitel chrámu [El constructor de la catedral], 1919, de Karel Degl y Antonín Novotný), el compromiso con las clases trabajadoras y desfavorecidas (en una vocación de conciencia social y testimonio que va de Sachta pohrbených ideí [El pozo de las ideas enterradas, 1922, de Rudolf Myzet y Antonín Ludvík Havel] a Takový je zivot [Así es la vida, 1929], del kammerspielesco y alemán Carl Junghans [con el adjetivo kammerspielesco aludimos a los germanos estilo y temática Kammerspiel]) y los ambientes más o menos rurales (los constatamos en 2007 en Pohádka máje [Un cuento del mes de mayo], 1926, de Karel Anton, realizador que trabajó de 1921 a 1964 en Checoslovaquia, Francia y Alemania).
No debemos olvidar las adaptaciones literarias, que, en los años veinte (años de maduración y que, en paulatina progresión, alargan las duraciones hasta el estándar aproximado de la hora y media), abordaron (aquí reencontramos directores ya citados) J. S. Kólar, Václav Wasserman, Jaroslav Kvapil, Karel Lamač (con su Soldado Schweik, de 1926, no visto en Sombras Recobradas), Karel Anton y el mentado Cuento del mes de mayo, etcétera, etcétera.
Cuando justo estos esenciales años veinte terminan, a partir del inicio de la segunda mitad de la década, en el momento en que el cine mudo mundial alcanza sus cumbres de elocuencia, sutileza y poder evocador, a la par que, paradójicamente, comienza la andadura del celuloide hablado, la cinematografía que nos ocupa destaca en el melodrama mundano, por ejemplo, en Dzungle velkomesta (La jungla de la gran ciudad, 1929-1930, coproducción con Francia de Leo Marten y Marguerite Viel) y en la memorable Erotikon (Erotikón),de Gustav Machatý, puro hombre de cine que no terminaría de hallar su camino en el sonoro, teniendo Erotikón, pese al título, menos erotismo y quizá más intensidad que su posterior y afamada Extase (Éxtasis), de 1933 (no vista en Sombras Recobradas), célebre por cuerpo sin ropa de Hedy Kiesler, luego Hedy Lamarr en Hollywood.
Los checoslovacos (más checos que eslovacos en el cine y otros campos), en las postrimerías del mudo, legan a la historia del séptimo arte obras de plena visualidad, con una utilización del montaje vigoroso y rítmico en tanto que trepidante y vertiginoso contrapunteo de imágenes (como en Batalion [Batalion], 1927, de Premysl Prazský), de la profundidad de campo (las amplias composiciones del decorado que resaltan con fuerza en la tolstoiana Kreutzerova sonáta [La sonata a Kreutzer], 1926, de, ¡nuevamente!, Gustav Machatý) o con la maravilla de que los rótulos se vuelven prescindibles, superfluos o de mero subrayado o no indispensable introducción.
Tal carácter no necesario de los letreros no sólo lo comprobamos en la sinfonía urbana documental Praha v zári svetel (Las brillantes luces de Praga, 1928, de Svatopluk Innemann), sino, además, en la antedicha Takový je zivot (Así es la vida, 1929, de Carl Junghans) y con Varhaník u Sv. Vita (El organista de San Vito, 1929), de Martin Fric, auténtico poema alrededor de la soledad de un viejo músico catedralicio. Las varias generaciones de realizadores que sucedieron al reputado Martin Fric, director de cuatro películas habladas y 101 mudas y fallecido de infarto en el 68 mientras los tanques soviéticos invadían Praga, lo han considerado un maestro de maestros. Además, Sombras Recobradas 2007 proyectó de él Páter Vojtech (El padre Adalberto, 1928).
Entre la proliferación de palmas de oro, osos de plata y leopardos de bronce, y la creciente expansión de los circuitos de festivales cinematográficos internacionales, surge una pregunta (...) > Ir
