

La moderna República Federal de Alemania, otro país visto desde los ojos de la confusión y la problemática de la multiculturalidad. O por lo menos desde el punto de vista del director Fatih Akin, un joven director (Hamburgo, 25 de agosto de 1973) nacido en Alemania pero de orígenes directos turcos, para muchos conocido también por su último título completado, Soul Kitchen (2009), el cual sirvió de apertura para la 66 edición de la Mostra de Venecia.
En dos filmes anteriores suyos, concretamente Contra la pared (Gegen die Wand, 2004) y Al otro lado(Auf der anderen Seite, 2004), consigue “alarmar” a la audiencia acerca del estado de incapacidad para cierta compresión que todavía en nuestros días sufre una sociedad, una sociedad que podría ser la de cualquier país europeo, y que en este caso es la germana. La “invasión” de otras culturas, y las consecuencias crueles de un adulterado entendimiento, y por lo tanto, de una falsa adaptación, late agitadamente entre ambas partes; desde los ojos de Akin, supone, al entender de quien esto escribe, una visión contemporánea del género melodramático, intentando plasmar la imparcialidad o doble parcialidad (o ambi-parcialidad) de alguien que se halla compuesto por dos mitades, la turca y la alemana. La cuestión en Al otro lado de haber rodado muchas escenas en Turquía constituye igualmente para el director una plasmación visual directa de las dos almas, genéticas y socioculturales, que lo habitan.
En las dos cintas cobra mucha importancia el amor y la muerte. Contra la pared, desde un principio, se desenvuelve dentro de una atmósfera trágica y de muerte (un hombre y una mujer se conocen en un psiquiátrico, pues se hallan en vías de recuperación tras sendos intentos de suicidio, y luego acabarán amándose). La historia muestra una gran metamorfosis hacia el sacrificio individual (darse muerte a uno mismo por motivos de entrega a los demás, totalmente diferentes al que obedece al impulso nihilista, desesperado o de ilusoria recompensa celestial), y lo hace mediante un continuo e impactante sendero de bruscas transiciones que significarán, para bien o para mal (en verdad, para bien, aunque un duro bien), la propia evolución de los personajes hacia su acto de amor. La escena de colisión del protagonista masculino, en los primeros cinco minutos de la cinta, resume el espíritu trágico del argumento y presupone su fatal destino, que al final, sí, no resultará en balde.
El director nunca abandona esta manera de urdir la trama de los acontecimientos a modo de choque o impacto, tanto físico como espiritual. Es decir, el conflictivo combate diario por sobrevivir de unos seres divididos ética, anímica y culturalmente, con unos orígenes castrantes y de cierto rigor en lo musulmán y en la turca ancestralidad, pero unos orígenes de los que no pueden prescindir del todo en tanto les fundan como sujetos. Se trata de unas personas en medio de una sociedad occidental que se supone que es cosmopolita y que no rechaza al extranjero, aunque el auge electoral y real en bastantes países del viejo continente de la extrema derecha xenófoba, racista y antiislámica parece que apunta a lo contrario.
Al otro lado, premio al mejor guión en Cannes 2007 (una película sobre la compasión, el perdón, las dificultades para llegar a ellos y lo arduo del esfuerzo en la asunción de determinados elementos que nos constituyen, por ejemplo, los propios padres) habla mucho de muerte, una muerte que se cuela entre oscuras barreras culturales. En el desarrollo de su trama adquiere un valor especial una ida y venida en el tiempo, con un paradójico y azaroso entrelazado de secuencias (con desencontrante entrecruzado de personajes incluido), que ponen en bandeja un bellísimo puzzle de imágenes, imágenes muy bellas porque captan el mar y la naturaleza, y también todo el hormigueo urbano, pero no para que nos cautivemos en sus formas, líneas y cromatismos, sino para que interpelemos al horizonte, al destino, es decir, a nosotros mismos, a nuestro puro espíritu, sin veleidad ni ceguera.
Hay en ambos filmes un claro sentimiento de culpa ante la incomprensión de los personajes hacia su misma sangre y cultura. En Al otro lado el conflicto surge de una incompetencia propia que afecta a la percepción del dolor causado para con los nuestros, que limita nuestra disposición a perdonar. Más allá de las adversidades y de las colisiones culturales, que sin duda siempre van a terminar apareciendo con unos u otros rasgos, se retratan con segura y atinada cámara la inaptitud e ineptitud para la tolerancia, aparte de determinadas tesituras en las que tal incapacidad cabe que sea superada, en particular en el interior de la estructura familiar.
Fatih Akin muestra las fallas morales de turcos y germanos (y de los turcoalemanes de primera y segunda generación, y de los alemanes frente a ellos), además de reflexionar y mostrar pequeños grandes relatos de por dónde pueden ir los tiros de la desactivación de las mezquinas rémoras que frente al otro y lo diferente nos atocinan y fascistizan las neuronas.
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