
Por José María Ruiz
Esclavo y siervo de los 24 fotogramas por segundo sigo mi camino. No el Camino. Camino de asfalto por el que transita el autobús de la vida que conduce a esa ficción de la sala oscura. Nacen palabras a bolígrafo sobre folio blanco acunado por el libro El tren de la muerte, de Sébastien Japrisot, tras haber presenciado en Filmoteca La barrica del amontillado, del compañero de viaje Julián Franco. Completaba programa La máscara de la Muerte Roja, y con ella viajé al primer visionado en el Cinestudio Griffith aquel 5 de febrero de 1985 junto a La comedia de los terrores y Freaks, la parada de los monstruos. Sí, veré cine en sesión continua durante una semana.
El lunes depara el inicio y, por ir contracorriente, doy un salto sin pértiga a la segunda parte aunque no sea parte contratante: Millenium 2: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, basada en el libro homónimo que leeré dentro de veinte años, concita la perversidad del comercio sexual del cual se ha escrito una tesis y falta la última pieza del puzzle, la muerte de la autora de la tesina se difumina y se da empaque a un par de asesinatos de gente oscura de la alta sociedad que convertirán a nuestra heroína en la sospechosa… La película se sigue sin haber visto la primera entrega, cine negro con ramificaciones políticas y familiares perturbadoras. El director Daniel Alfredson no muestra personalidad. Pasable. Completo el día con REC 2, terror español a cargo de Jaime Balagueró y Paco Plaza, consecuencia del éxito de su antecesora, e inicia su andadura en el final de aquélla y con la entrada en el edificio de una sacerdote y un equipo de GEOs cuya cámara del casco nos lleva de la mano a un videojuego por pasillos a la caza del zombi. Entretiene, inquieta y concita a la risa en momentos puntuales, no posee la originalidad de su antecesora y deja puertas abiertas a la tercera parte.
El martes entro en el mundo del 3D, gafas a los ojos. El destino final, de David R. Ellis, no aporta sorpresas, sigue el trámite marcado por anteriores entregas, el único partido que saca al efecto óptico es lanzarnos objetos, sangre y alguna tripa con sus higaditos. La película tiene dos escenas de masas con miras de catástrofe que se resuelven en el minimalismo, si algo divierte es la contemplación de la comunicación de los objetos para causar el mal, claro que alguna muerte no se la curran mucho. Por destacar algo: Holey Webb y sus grititos en el túnel de lavado. San Valentín sangriento 3D no se queda sólo en el salpicar, Patrick Lussier sabe utilizar la cámara y trabajar con la técnica para componer (estética en la imagen) la tridimensionalidad hacia la profundidad, para ello se dota de exteriores boscosos, túneles de mina y largos pasillos de supermercado. Me encanta la escena donde aparece un 4X4 en primer término por tu derecha sin alharaca, me encanta la destrucción del primer plano reiterativo. Claro que la resolución resulta engañosa para el espectador. En cualquier caso los picotazos no están mal, tiene un pase. La cita terrorífica puede terminar con Hermandad de sangre, Stewart Hendler nos pega todo un bajonazo. El plano secuencia inicial describiéndonos el ambiente de las fiestas de las hermandades colegiales USA (cuánto se echa de menos Desmadre a la americana) es toda la habilidad que muestra el director. Y se acabó, porque las duchas ya no son lo que eran, los diálogos hacen reír, las muertes como que te dan igual. Sosa. Niñas bien, sociedad egoísta y la presencia del poder político. La cosa no va más allá. Venga, no seas remilgado y comenta el fenómeno que suscita Saw VI: Hablar (escribir) sobre una película que no se ha visto conlleva, del todo punto, una irresponsabilidad. Más bien se puede tirar de hemeroteca y hacer historia reflexiva: a) Dos películas, Fóllame y Nueve canciones. Películas con escenas explícitas de sexo se estrenaron en salas comerciales. b) No olvidemos que la clasificación X también se otorga al manifestar rasgos de ultraviolencia, y he aquí la paradoja: la distribuidora Walt Disney (talante infantil) arropa tamaño producto. c) La política de exhibición de una sala X (sesión continua a partir de las 10,00 horas) podría deparar un programa doble tan coherente como Saw VI y Una rajita para dos. d) Como la política de la distribuidora es monetaria resultaría un mal negocio el estreno en estas salas (ya muy desminuidas en número) frente al tiraje de copias llevada a cabo por Disney. D) Solución factible: Película clasificada X, estreno en salas comerciales y acomodadores pidiendo el carnet de identidad (sólo la verán los mayores de dieciocho años).
Necesito relajarme, dar un paso a la inocencia y el miércoles me acomodo en el patio de butacas: OceanWorld 3D, de Jean-Jacques y François Mantello, es una introducción al público infantil a la belleza oceánica, propuesta naïf con una narración parvularia con impostación aflautada por parte de Belén Rueda que nos lleva al mira mira qué bonito. La propuesta 3D bajo las aguas concita la falta de pared, lo cual lleva al alargamiento de los grandes cetáceos convirtiéndolos casi en miniaturas, uno queda admirado ante los corales (he aquí una pared), excursión iniciática para niños de tres a nueve años. Mi vecino Totoro concita desde el dibujo animado a la espiritualidad, un canto al poder de la inocencia (mundo en vías de extinción), porque Hayao Miyazaki camina hacia la juventud para pedirles que no pierdan el poder de la imaginación, conjunción platónica con la naturaleza y loa al amor familiar, hay magia en este mundo, no seamos cafres porque esto es cine con letras mayúsculas que escenifica la complejidad de lo simple: Pureza. Vuelta al documental marino con El viaje de la tortuga, de Nick Stringer, con carga de profundidad ante el drama de la existencia, la muerte presente desde el nacimiento, la presa y el depredador en un continuum, bien mirado el terror sobrevuela la pantalla, siendo el peor fantasma el ser humano, el cual nunca ha pagado su deuda con la tierra porque jamás la ha respetado, un viaje a la conciencia. Catapultado de nuevo a la ficción me encuentro con Siempre a tu lado. Hachiko, de Lasse Hallström, película con perro y canto a la lealtad, del todo punto aburrida para los niños porque esto no es Lassie, es la sencillez del transcurrir la vida día tras día, la monotonía, la falta de acción, la repetición y todo ello va calando hasta llevar al espectador al momento lacrimógeno. Película blanca. Remake de Hachiko monogatari (1987), de Sijiro Koyama, inspirado en hechos reales y calada en la cultura japonesa, mas estando Richard Gere por medio no falta el toque budista.
Bajo el ritmo, presento el jueves con un programa doble con la delación por bandera: El soplón, de Steven Soderbergh, plantea la luminosidad de las tinieblas, película de vampiros de corbata que sangran la economía, ello filtrado por un ejecutivo con voz en off en plan Bond sin sex-appeal. Capa de pintura sobre una sociedad americana de los años noventa que sigue sin manchas de humedad en estos tiempos. Mas también disección de una personalidad encebollada y, por encima de todo, un mundo egoísta. La realidad que depara ficción tiene continuidad con 50 hombres muertos, de Kari Skogland, espionaje en las entrañas del IRA fuera de la representación romántica del cine de Ford (estamos en 1988), porque perturba más allá de la violencia a través de la grisura existencial (enfatizado por la fotografía). Película de acción, no falta la cámara en mano, que replantea el tema de la villanía del héroe, la perspectiva de la mirada que despunta en la conciencia. Resalta la relación paterno-filial que se establece entre Ben Kingsley (agente del MI5) y Jim Sturgess (de golfillo a confidente). Sesión de cine respetable, pero carente del chispazo de la emoción.
Amanece, se vislumbra el viernes y la cita cinematográfica depara un tríptico político con carga reivindicativa: Edén al Oeste, de Costa-Gavras (clásico en estas lides), nos encamina a la Odisea de la mierda, he aquí un Ulises tan inocente y hermoso que parece mentira, embarcado en un primer momento en el traje chapliniano (vagabundo perseguido en un mundo de nuevos dioses) para ser catapultado a una realidad terrenal llena de baches, donde el espectador se adelanta a los acontecimientos, la escritura de Gavras resulta llena de tachones en esta inmigración, la fábula (en este caso) no es ni chicha ni limoná. Con Katyn Andrzej Wajda pide cuentas a la historia, recuperación de memoria, memoria hilvanada a través de las dos orillas del puente: Los oficiales polacos en un campo de concentración soviético y sus familias bajo la ocupación nazi; mundos paralelos que convergen en la desolación, un grito ahogado, un puñetazo sobre la mesa que alumbra el pulso narrativo de Wajda sin dar concesión al equívoco, aunque juegue con saltos temporales, la crudeza invade los fotogramas porque los ojos deben permanecer abiertos y no apartar la mirada. In the loop, de Armando Iannucci, nos lleva al interior de la cocina de un restaurante de cinco estrellas donde se guisan tripas de cerdo aderezadas con aguarrás, pues la caricatura política (punzante y vertiginoso guión) despierta verdad para sonsacar los colores morales a ese mundo de poder que presenta más inutilidad que otra cosa. Inteligente disección (acentuada por la hilaridad) del círculo metafísico que alumbra la capacidad de decisión del inicio de una guerra. Luminosidad para un mundo oscuro y una cámara en mano irascible ante lo que contempla. Sobresaliente la personalidad actoral de James Gandolfini.
Parecía que no iba a llegar el fin de semana y aquí estamos. Demos oído a la escritura española: “No me he sentido constreñido a la hora de afrontar la adaptación –dice Fernando Trueba- porque he hecho con el libro lo que me ha dado la gana (…), cuando un director coge una película tiene que hacer la película y la novela ya la hizo el escritor, son realidades distintas dentro del arte.” Daniel Monzón también adaptó una novela: “Era complicada de adaptar porque hace muchos saltos temporales y está narrada desde monólogos interiores de tres personajes.” Y si el principio es un encargo: “Cantona se puso en contacto conmigo –afirma Ken Loach- y quería hacer una película sobre su relación con los fans. Paul y yo siempre hemos sido muy aficionados al fútbol y nos pareció que de esto podía surgir algo.” Y no me engaño ante el cine de autor de Joaquín Romero Marchent: “En mis películas del Oeste los personajes se movían por el sentimiento, así Antes llega la muerte es una cosa puramente personal porque esa circunstancia la pasé con mi madre: Un matrimonio donde la mujer está enferma, atraviesa todo el Oeste en busca del médico, recorre territorio indio, mil vicisitudes y peleas, mas al llegar al sitio donde está el médico resulta que la mujer ha muerto, ya que antes llega la muerte que la solución.” He aquí El baile de la Victoria (última película completa que vio Marchante en la Filmoteca y a la que calificó de buena, queda el testimonio), ejercicio de toma de conciencia con el cine clásico a través de imágenes con cariz de realismo mágico y un guión depurado que acompaña una cámara asentada que sabe encuadrar. Película humanista apoyada en el renacimiento de los personajes. Celda 211 positiva el escenario real (cárcel de Zamora) para reconstruirlo en aras del ritmo del buen thriller, cine de género con estilo visual y una fuerza narrativa que mantiene al espectador pegado a la butaca. No evita la carga de denuncia contra el poder, ni los elementos sociales y ese ver que no hay el mismo trato para con las personas (carga de profundidad al elemento etarra). Película en aras de la tragedia griega: La rueda de la vida nos juega malas pasadas. Guión puesto al servicio de los actores. Buscando a Eric desata dulzura en el mundo Loach/Laverty, así recoge al protagonista perdido en la rotonda de la vida para darle oxígeno puro (un porro para la lucidez) a través de un Pepito Grillo. Película hermosa que no escatima en dureza para afianzar esperanza.
Domingo, fin de recorrido. Los pasos derivan hacia ese cine que se llamó de arte y ensayo, claro que el término nunca lo entendí y quizá por ello me columpie: Petit indi, de Marc Recha, nos sitúa en un mundo en extinción, esa última frontera que las excavadoras hacen sangrar, una mirada a un futuro incomprensible, todo ello encauzado por el minimalismo, un ritmo reposado (ritmo rechiano) y la inocencia. Los condenados, de Isaki Lacuesta, trae de la mano al John Ford de Fort Apache o El hombre que mató a Liberty Valance al plasmar la leyenda, una alegoría con trazas documentalistas a través de rostros con color y sabor a tierra para encontrar lo que está prohibido buscar (pues es la memoria lo que se excava). Sobresale el tratamiento de las ausencias presentes (padre-hija). Bárbara Lennie subyuga con su entonación (deliciosa). Rafael Gordon presenta La mirada de Ouka Leele en technicolor brillante a través de la cámara y la fotografía de Julio Madurga, así el universo poético de la artista toma vida para seducir al espectador con la búsqueda de la belleza como expresión de espíritu (una visión del mundo que contagia). Un retrato desde la admiración, desde la amistad.
Ni aunque encuentre un millón en la basura paseando por el jardín de las delicias donde duerme, duerme mi amor dejaré de ser admirador, amigo, esclavo y siervo de los 24 fotogramas por segundo. Sigo mi camino.
Sigo mi camino, no el Camino. Decía Borges que había hecho dos grandes “ejercicios físicos”: el uno, la lectura; el otro, “el arte de caminar”. No me doy reposo al completar el triángulo con el arte de visionar cine. He aquí un principio.(...)> Ir
Sigo mi camino, no el Camino. Hay para quienes el camino más recto es el más seguro. Puerta abierta a la bifurcación, ese adentrarte por afluentes buscando la sorpresa (ojo avizor)(...)> Ir
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