
Por José María Ruiz
Sigo mi camino, no el Camino. Decía Borges que había hecho dos grandes “ejercicios físicos”: el uno, la lectura; el otro, “el arte de caminar”. No me doy reposo al completar el triángulo con el arte de visionar cine. He aquí un principio.
Viernes 10 de julio. Eliseo Subiela hablaba a través de las ondas (entrevistado por María Guerra en Hoy por hoy Madrid) sobre su última película No mires para abajo dando como titular que su cine siempre trataba de la vida, del amor y de la muerte. Universalidad temática que encontré en la novela octava de la tercera jornada de El Decamerón: Ferondo, tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto, y por el abad, que su mujer disfrutaba, hecho sacar de la tumba y puesto en prisión, y persuadido de que está en el purgatorio; y luego, resucitado, como suyo cría a un hijo engendrado por el abad en su mujer. Amor, vida y muerte, temática de maravillosas películas; temática de engendros “filmes”.
¿Sucumbes ante la poesía literaria-cinematográfica de Eliseo Subiela? Pues No mires para abajo resulta ser una voz en off sin dar vida al relato (“ante el sonambulismo mi hermano reparó para que no bajase las escaleras, por lo que las subí y anduve por los tejados cayendo sobre la cama de Elvira” –añádase algún adjetivo), es decir, cuenta lo que uno ve. Película con intención ideológica didáctica a la hora de hacer el amor como Dios manda. Concepto taoísta de raigambre oriental que me impulsa a la fisicidad europea de La belleza de las cosas, de Bo Widerberg. Subiela es fiel a su estilo y no defrauda a sus partidarios, mas ¿conseguirá nuevos adeptos?
¿Parque Vía, naturaleza de terror? El plano iniciático serpenteante que traza Enrique Rivero por los pasillos y habitaciones de un chalet vacío de muebles, salvo ese cuarto arrinconado donde vive el cuidador de la finca. Diez años de soledad con la ventana de periódicos y televisión remiten a la seguridad del aislamiento que será perturbado ante la inminente venta. La fobia palpita ante la perspectiva del mundo exterior. Cine de género saltándose cánones y ello con una luminosidad ardiente. Película sencilla, actores no profesionales que transmiten y loable administración del “tempo”. Inadvertida la vida comercial de esta sombra a recobrar.
¿Era necesario un “remake” de Más allá de la duda? Fritz Lang escribió, de manera concisa, un alegato contra el sistema; Peter Hyams reescribe “contra la codicia, la avaricia y la falta de honestidad de las personas”. Lectura: El impoluto organigrama resulta contaminado por la maldad humana. Lang trabaja con la serenidad de los reveses inesperados; Hyams atropella los hechos. Lectura: El público adulto da paso a un espectador de palomitas. Lang culmina de forma fría y calculadora; Hyams lanza un exabrupto. Ya no cabe la lectura: La película ha pasado a ser un “telefilm”. Razonable es la duda ante los malos trucos del tahúr Hyams.
¿Por qué la cámara en mano abruma Cinco días en Saigón? Quizá el director vietnamita Stephane Gauger ama en demasía a sus personajes, no deja que se desmarquen y los enmarca con nerviosismo en primeros planos asfixiantes y bamboleantes. Narra un cuento a partir de tres soledades que deben replantearse un nuevo itinerario amoroso. Un puzzle empalagoso que busca el encuentro con el lado humano desde la inocencia. Lástima que el lobo feroz de esta historia venga difuminado.
¿Deviene a la memoria el melodrama mexicano? Arráncame la vida, de Roberto Sneider, que no traiciona el espíritu de la novela de Ángeles Mastretta, es la espectacularidad de la esencia del drama: la pasión en primer plano. Película de recursos financieros que retrata la revolución de los años 30-40 con la corrupción del absolutismo por bandera. Daniel Giménez Cacho se hace querer recreando a un político déspota y machista engrandecido por esa capacidad de sacar punta a las escenas; José María de Tavira resulta blandito como amante y joven revolucionario, y Ana Claudia Talancón solventa con entusiasmo la mirada de la película. Retrato de mujer en busca de la libertad. Folletín de altos vuelos.
¿Hay que rasgarse las vestiduras cuando Pagafantas recibe el premio de la crítica en el Festival de Cine Español de Málaga? Pues quizá sea un toque de atención ante el desconcierto de la cinematografía hispana; así, saber lo que se quiere, con aire fresco, sin pretensiones, amén de un guión solvente (inteligente utilización de la voz en off), con unos secundarios (Oscar Ladoire, Kiti Manver) de altura, conforman agilidad a un metraje (80 minutos) conciso. Esta comedia juvenil de Borja Cobeaga viene a unirse a Mentiras y gordas y Fuga de cerebros (éxitos de taquilla junto a Almodóvar y a la espera de Amenábar) que abren puertas a un género (bien machacado por los americanos) a explorar/explotar por el mercado español.
¿Camina la metáfora en el cine? He aquí la propuesta de Steve Jacobs en su película Desgracia, tras su lectura de la novela de J. M. Coetzee. La muestra de la coyuntura social en la Sudáfrica pos-apartheid: Metáfora de tierra y poderes, metáfora de convivencia en un paisaje por construir, metáfora sobre las distintas formas de matar. Metáfora a la que el espectador ha de responder. Frialdad de realización, sin sojuzgar a unos personajes dándoles ese aire que respirar. La presencia de John Malkovich es aplastante, componiendo una mirada que no sabe ver a través de un profesor de cara a la pared que huye para componer una ópera, iniciático Lucifer que hace lo que quiere, da igual que esté bien o mal, lo hace. Ya el título es una metáfora.
¿Has considerado morir por un rollo de celuloide? He aquí como el director Ricardo Macián rinde homenaje en Los ojos de Ariana a los trabajadores de Afghan Film por su amor primigenio a la hora de la conservación de la cultura cinematográfica frente al extremismo talibán (donde era delito disfrutar del canto de los pájaros). Años de ceguera, años de aniquilación cultural; años perviviendo en dobles techos, en dobles paredes. Se dio carnaza quemando películas extranjeras para regocijo del poder (la hoguera de Cervantes a Bradbury), mas, jugándose la vida, ocultaron fotogramas incunables. Hoy Ana Frank asiste a la devastación de la sala cinematográfica para encontrar la magia del visionado sobre una sábana. La esencia primigenia del cine se siente ante la proyección para captar la naturaleza pirotécnica del acto. De La salida de la fábrica Lumiére a la filmación de la ejecución del presidente Najibullah, la verdad del cine, la historia del cine.
